Mi otro yo tiene en la mano una pistola grabada con unas palabras que no alcanzo a leer. Sin apartar esos ojos que tan vistos tengo de mí, saca el cargador de ella y meticulosamente procede a retirar las balas una a una. Cuando acabo con mi tarea, recojo una del suelo y me la lanzo. Nada más tocarla siento que pesa demasiado para ser una simple bala. Y noto que también tiene algo grabado. Le doy la vuelta a la bala para leerlo. La sonrisa de mi otro yo se acentúa mientras lo hago.
Esperanza.
Mi cerebro ni ha terminado todavía de procesar esta palabra y ya me manda señales de alarma. El pecho me explota de dolor cuando asimilo que estoy emponzoñado por culpa de estas dichosas balas. Levanto la mirada y me encuentro con que mi otro yo se ha sentado y observa mi reacción. Cierro los ojos intentando reunir suficiente fuerza para avanzar, pero lo único que consigo es perder el tiempo. A pesar de ello comienzo a correr ( más que correr, caminar rápido, pero correr suena mejor ). Mi espada de verdades se ha materializado en mi mano. Pero esta vez las palabras que la componen están casi quietas. Y comienzan a desintegrarse poco a poco. No tengo tiempo.
Ya estoy más cerca de mí mismo. Sigo sentado en el suelo, observándome con curiosidad. Pero sin mover un dedo; confío demasiado en la fuerza de mi munición. Sé que me detendrá antes de llegar a tocarme con esa espada. Pero estoy equivocado. Bajo mi espada con saña.
De repente, todo ha acabado. Estamos ambos en el suelo. Ninguno sangra, ninguno se queja, pero ambos sabemos que estamos heridos de gravedad. De hecho, mi otro yo sigue sonriendo. Con una voz que también tengo demasiado oída, me dice :
- Pensarás que estoy loco por reírme en esta situación. Pero no lo estoy. De hecho, he ganado. Eres tú el que seguirá adelante con su vida, pero nunca podrás arrancarte la esperanza de tu pecho.
¿Qué puedo hacer?, pienso. Y empiezo a reírme yo también.
Nada.
No puedo hacer nada.
¿Para qué voy a preocuparme entonces?
No hay comentarios:
Publicar un comentario