lunes, 2 de enero de 2012
Parte 1.
Bang Bang.
Dos disparos rompen el dulce silencio que me envuelve. La oscuridad que hace tiempo que me acompaña, que se ha convertido en la mayor de mis confidentes en esta batalla contra mí mismo, se desvanece. Al igual que todas las guerras, probablemente de aquí no salga vencedor alguno.
Molesto, me doy la vuelta y, tras un gran esfuerzo, abro los ojos. Estoy tumbado en el frío suelo, sujetando una espada que parece estar hecha con palabras. Palabras sin conexión aparente que vibran, serpentean y se retuercen. Me levanto y la toco suavemente con la punta de mis dedos y siento que un torrente de verdades de fuerza inusitada me atraviesa.
Como si de un puñetazo en el pecho se tratara, las piernas me fallan y caigo de rodillas. Me tiembla todo el cuerpo. Suelto la espada. Durante unos instantes la cabeza me pide desmayarme. Pero saco fuerzas de quién sabe dónde y vuelvo a ponerme en pie. Prefiero no volver a coger el temible arma. ¿Quién diría que las verdades tuviesen tanta fuerza?
Bang Bang.
Noto algo caliente resbalando por mi pecho. No es agradable, es pegajoso. Pero bueh, es soportable. Sé de sobra que me he disparado. Ya no duele. Miro a mi alrededor buscándome. Veo una sombra y me acerco donde -presumiblemente- se esconde mi otro yo. No siento miedo alguno.
Llego a una esquina. La doblo y me encuentro con una versión de mí que ya no recuerdo. Me estoy dando la espalda. Me acerco lentamente. Pero mi otro yo, después de todo, también es parte de mí. Ambos sabemos como piensa el otro. Así que me doy la vuelta y me miro a los ojos.
[Continúa...]
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario